Sexto Fragmento Primer Capítulo de "El Testamento de Drácula" (1/2)

Se trataba del odioso conde Karl Karstein, líder de la minoría de ultraderecha escindida del Grupo Parlamentario dirigido por la Bathory...

Ésta volvió la cabeza de repente, sin dejar de andar, y le lanceó con sus iris funestos y llenos de agresivo poder... Siseó, mostrándole los colmillos, y sus ojos fulguraron con gélida y asesina ira...

El guapo y maduro noble de rubios cabellos intentó sostener aquella terrible mirada, tembló ligeramente y su prominente mandíbula se crispó, agachando la cerviz de mala gana...

Satisfecha, la Maestra Oscura sonrió como una loba a su acompañante y ambos se dirigieron hacia el helicóptero.

El aparato exhibía líneas estilizadas, de diseño audaz y fluido, vagamente insectoide. Su fuselaje era totalmente negro y sus aspas giraban ya a baja potencia, uniéndose al frío viento nocturno cargado de sales del Atlántico. Su rotación agitaba capas escarlata grabadas con las enseñas de Drácula sobre los fornidos hombros de los pretorianos y complicadas pelucas y permanentes sobre testas de alta alcurnia y escaso relleno interior...

Cuando los dos personajes llegaron al borde de la portezuela abierta trasera, la capitana de rasgos orientales del Cuerpo de Amazonas de la Bathory se inclinó, rodilla en tierra, ofreciendo sus dos palmas enlazadas y enguantadas de negro para que ambos se impulsasen hacia arriba. La Bathory negó con la cabeza y alzó una mano, indicándole que volviera a su formación de inmediato. Luego, le bastó flexionar con suavidad los poderosos y finos músculos de sus pantorrillas algo más impetuosamente para alzarse hasta la altura adecuada, girándose y acomodando las esbeltas piernas a los anatómicos asientos empotrados en la estrecha cabina al mismo tiempo, con ágil y armoniosa precisión, de manera flotante, natural, a medio camino entre el salto y la levitación. De inmediato, cruzó las piernas con suntuoso señorío y se inclinó hacia fuera, ofertando sus palmas tan sólo en apariencia frágiles al científico de sangre caliente:

- Toma mis manos, "prof"..., y déjate llevar.

Él obedeció en silencio. La mujer paseó sus iris amarillentos por el abanico de congéneres que abandonaban poco a poco, renuentes y alborotados, el estrecho recinto donde se agolpaban, desafiándoles, sus caprichosos, finos y lascivos labios curvados en una sonrisita burlona y cruel... Aferró las extremidades del cálido con fuerza, al borde de hacerle gemir de dolor, y tiró de él, levantándolo con exquisita y precisa lentitud, hasta colocar sus pulcros zapatos al nivel del elevado borde de la compuerta, carente de escalerillas o accesos propios para las débiles capacidades de los miembros no entrenados de su especie.

- Dobla las piernas, querido, y apoya los tacones en el resalte.

Mientras él ejecutaba sus indicaciones con serena confianza, le soltó, pero una centésima de segundo más tarde, veloz y desdibujada cual centella espectral, ya se había deslizado hasta el extremo de los asientos y sujetaba al hombre por la cintura y una axila. Hizo girar su cuerpo con delicadeza y le arrastró hacia dentro, izándolo casi en volandas, como si fuera un bebé. Le acomodó a su lado, alisó su abrigo y acarició sus solapas con solicitud casi maternal.

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